Alegoría del potrero

Que lindo eran los partidos en el barrio, ahí en el potrero; hasta que el Joaco, el dueño de la pelota, decidió que él le pondría horario de fin y comienzo a los encuentros porque había empezado clases de inglés y a las seis se tenía que ir.

Que bueno se había puesto en un momento jugar en el campito; hasta que abrieron una calle ahí al lado y no nos quedó otra que ponerle límites a la cancha y empezar a adoptar los laterales y los saques de arco. Todo esto para que cuidemos que la pelota no se vaya lejos, se llegue a perder o le pase un auto por encima.

Que tardes que pasabamos en la canchita, como se disfrutaba; hasta que el Joaco se quejó de que algunos foules -que se cobraban siempre en común acuerdo- eran injustos y lo perjudicaban, por lo que tuvimos que llamar al hermano mayor del Nico para que haga de árbitro.

Que bien la pasábamos en el campito; hasta que el Marcos, uno de los nuestros, se pasó de rosca y lo quiso pelear al hermano mayor del Nico, al referee. Es que, sinceramente, inclinaba la cancha para el lado del hermano, que jugaba para el Joaco. Después de la trifulca se decidió llamar al milico Fagúndez, el comisario del pueblo, para que durante los partidos se dé unas vueltas dos por tres para ver si estaba todo tranquilo.

Qué felices eramos con una pelota en los pies; hasta que el juez, el hermano del Nico y el milico Fagúndez arreglaron pedirnos unos mangos. Ellos tenían otros trabajos, adujeron, y que si no les "tirabamos un hueso" no iban a poder seguir viniendo más. Encima el Joaco, el que era el dueño de la pelota, se prendió al mangueo: dijo que el esférico se estaba percuidiendo; necesitaba para mantenerla. Es que sufría constantes pinchaduras, rotura del cuero y demás visicitudes. Para conseguir la guita tuvimos que recurrir a cercar el terreno con palos, bolsas de plastillera y tener que pedir una contribución a los vecinos del barrio que quisieran entrar a ver el partido.

Memorables jornadas transcurrían en ese baldío; hasta que nosotros, los de nuestro equipo, llegamos a odiar al de Joaco, cuando se compraron el juego de camisetas azul "para diferenciarse de nosotros", según se mofaron. Porque hasta ese día jugabamos nosotros en cuero y ellos con remeras.

Pero más emocionante fue el día en el que el "Negro" Martinez, nuestro más chueco, hábil, flaquito, chiquito y fenomenal jugador, y evitando todos los obstáculos que nos habían puesto: las líneas y el alambrado que le ponían límites a la cancha, el hermano del Nico que cobraba todo para ellos, el arcoiris de camisetas que teníamos nosotros... a pesar de todo eso, el "Negro" se gambeteó a cinco de ellos y quedó mano a mano con el arquero. Ese día ibamos uno a uno. Nunca les habíamos ganado. Faltaba un minuto para las seis. Yo parado de dos, pude relojear por un segundo que el hermano mayor del Nico le lanzó una mirada impotente al Joaco en la que parecía decirle "¿Qué queres que haga?!¡Ni orsay le puedo cobrar!".

El "Negro" Martinez finalizó su obra cuchareándola por encima del arquero. Se terminó. Fue dos a uno. El Joaco, el dueño de la pelota, fue preso de sus palabras y su reglamento: eran las seis y tenía que irse a sus clases de inglés. Él se fue como siempre, con la pelota bajo el brazo; cabizbajo esta vez, si, pero la pelota igualmente siempre se la quedaba él y ésta vez no sería la excepción. ¿Nosotros? Nos fuimos con ese gol en nuestros corazones, con esa gambeta, con ese potrero, que es lo único que nos quedó.

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