Dedicada especialmente a la memoria de Quique Caffa y su familia. Por Marcelo Sgalia
La maldita noche del lunes 14 de setiembre decidió mostrarnos en cuestión de minutos la exacta diferencia que tienen las lágrimas, cuando surgen desde la emoción que cuando las provoca el dolor. Y creánme que se mezclaron. Como si pasar de una cosa a otra fuera tan fácil. Pero los dos impactos fueron fuertes y al mismo tiempo.
Mientras muchos periodistas deportivos en la ciudad terminábamos de correr casi tanto como Del Potro ante Roger Federer y sufrir en cada punto durante horas… porque el lunes todos éramos perfectos tenistas aunque jamás hayamos tenido una raqueta en la mano en la vida… estallamos la incontenible alegría al ver un pibe de 20 años, argentino, levantar y besar una copa que solo alcanzan los mejores del mundo. Aunque no conozcamos a Del Potro más allá de la televisión, su tenis, su triunfo, su pasión, lo que dejó para alcanzarlo… fue impresionante. La noche nos dibujaba esa fantástica sonrisa, nos regalaba esa hermosa sensación de querer abrazar a un pibe a la distancia que seguramente jamás tengamos cara a cara. Era irnos a dormir con eso.
Es cierto que la felicidad no es eterna, pero esta vez no duró ni segundos. Un llamado telefónico nos confirmaba que hacía minutos nos había dejado Enrique Quique Caffa. Su corazón había dicho basta. Nos desesperamos intentando que alguien nos rectificara la noticia, que nos partió el alma, que nos dejó a todos mudos buscando explicaciones y el consuelo que jamás aparecieron. Era cierto nomás. Quique se había quedado dormido, tras hacer lo que más le gustó en su vida: hablar de automovilismo y transmitirlo desde un estudio de radio. Las lágrimas ya no eran de emoción y la hazaña de Del Potro pasó a importarnos un carajo, aunque la torre de Tandil no tenía nada que ver claro.
Sentimos bronca, impotencia, vacío, tristeza y dolor. Siempre que se va un tipo que queremos esta mezcla de sensaciones es inevitable. Pero si a eso le sumamos que nos deja un tipo pasional como pocos en lo que hacía, el dolor es mucho mayor. Porque Quique hacía radio, hablaba de automovilismo, estuvo siempre cerca de Vivot o encima de Bonelli, entre tantos otros; transmitió rally, nos llamaba para darnos una noticia, que en general eran primicias… porque le gustaba lo que hacía, porque respetaba y admiraba a la gente que hacía pasionalmente las cosas. Y decía lo que pensaba. Hoy en estos tiempos esa mezcla es mortal. El Messenger, el Facebook y otras tantas porquerías que ni siquiera tienen nombres en castellano, hacen que tipos como Quique no aparezcan tan fácilmente.
En las últimas horas imaginé que quizás esas lágrimas se nos hayan mezclado el lunes por la noche porque las provocó la pasión. Con la que un tenista levantó al mundo la bandera argentina como las generó la partida de un amigo, que vivió igual, que se tiró de cabeza cuando tuvo que hacerlo para pasar la pelotita sobre la red y que la vida no la haga picar afuera… que habrá tenido sus derrapadas como todos, pero que siempre nos tendió una mano, apoyó el deporte uruguayense y nos marcó un camino a los más jóvenes.
Entre aplausos una multitud decidió el martes darle el largo beso del adiós, que el dolor hizo eterno mientras los tipos de lágrimas difíciles llorábamos como chicos sin consuelo y las piernas nos temblaban partiendo el doloroso silencio.
El lunes sentimos que la muerte nos hizo un gol sobre la hora… el lunes sentimos que perdimos por un simple sobre el sonar de la chicharra… el lunes sentimos que rompimos el motor en la última vuelta cuando veníamos ganando la carrera… el lunes sentimos que quedamos con tres match point abajo.
Quique, el gordo, el sordo, cascarrabia, frontal, calentón, el mejor periodista de automovilismo que teníamos en la ciudad se llevó con él un montón de recuerdos pero nos dejó un camino que dice que cuando las cosas se hacen con placer la victoria se disfruta de otra manera.
Les pido disculpas oyentes y compañeros, pero el lunes cuando la bandera a cuadros marcó el final de su último triunfo en la Prueba Especial, decidí putear bien fuerte a la muerte, que de pasión sigue sin entender un carajo. Y le grité bien fuerte que ¡ESTA NOS VA A GANAR SOBRE LA HORA!
¡Esta nos va a ganar sobre la hora!
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario